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Eras el presagio de la luz
y edad del resplandor en la materia
que la pasión resume.
Éramos el grito incesante del origen,
corazón de algún dios
latiendo en el osario de la espera.
No había eternidad en nuestro pacto,
- allí la vida entera es amenaza -
y el mundo a veces gris, intolerante,
como un nido de amor desalojado
que unidos construimos en la noche.
Tal vez aún sea pronta la estridencia,
el eco de la música que aturde
promesas sin principio,
tu sombra ennegrecida en el espejo
cuando al fin resucite
la imagen de la nada.
Y ardemos, sin embargo,
los dos a duermevela.
Manuel M. Barcia