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Intuías, dolor,
que nadie velaría nuestro duelo
cuando el cuerpo es holganza de lo amado.
Supimos que la vida terminaba,
la que nos sabe huidizos
mientras arde la alquima en su muerte
y crece hasta la cúspide del frío
la raíz insaciable del silencio.
Y fuimos arenisca del diluvio,
del fuego la ceniza,
el cieno en la caída de los dioses.
Manuel M. Barcia
Allí
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Solo por pronunciar la palabra huella
asoman con la lucidez de lo imborrable
los ecos de la vida.
Allí el viento que el mar trae con la sal húmeda...
Hace 11 horas
4 comentarios:
Bello poema, lamento por la ausencia, por ese esperado fin tan incierto. Siempre con la mirada del oficio del poeta.
Mi cariño de siempre Manuel.
Mi abrazo air-hasta-México, Leticia, y mi más sincero agradecimiento por tus días de amistad.
Un beso
Hermoso, aunque triste poema, Manuel.
Te dejo un abrazo de meiga
Ana
Los atardeceres son tristes... ¿ y qué?
Hay en su crepúsculo universos de belleza, meiga.
Un beso
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