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Al empuje de vientos que nos flotan
somos la latitud
que arde los inviernos de la piel
duplicando las llamas de la hoguera
abajo de los trópicos candentes
que imploran de la sed
el agua del diluvio.
Sin embargo,
la lluvia nos anega
en su lento fluir,
como si pretendiera renacer
los restos del naufragio,
el pacto de mi sangre con las sombras inertes
que habitan el fulgor de tus entrañas.
Después de perpetuar honda la herida
serás la cicatriz
sin flujo de dolor,
el bálsamo de mí,
la llaga de la fiebre que te incendia.
Manuel M. Barcia
Las cenizas del tiempo
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Yo también fui juventud y tuve hambre de vida;
no puede el tiempo explicar el ansia de lo que fluye
y marca con sombras ajadas el transcurso leve de...
Hace 5 horas
2 comentarios:
Hermosas palabras en un poéma intenso...
Mavi
Me alegra que te guste.
Un abrazo
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