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En un rincón oculto del recuerdo,
bajo el origen de mundos extinguidos,
ha florecido, sacudiendo las sombras,
la memoria de los días sin materia.
Aquellos que propusieron en la nada
promesas de sueños adheridos a la luz
del tiempo que vivimos.
En el laberinto donde las horas se pierden tras el azar,
grita el silencio,
detrás de la bruma,
voraz y gozoso,
imagina ser eco ante el misterio.
Renace lentamente, y con la misma frución
con la que la lujuria se funde en el deseo,
abrazándose al celo que colma las esperas.
Y con gestos audaces rescatados del miedo
medita en su tristeza
como expresar los signos del amor que florece
sin voz ni abecedario.
Piensa, en las entrañas de la noche,
como dar forma y color al estado de quietud
que envuelve a las palabras de tristeza
en su cadencia tediosa.
Y con ingenioso ardiz
traspasa el umbral de la conciencia
existiendo en la música sin nadie.
Manuel M. Barcia
La sobriedad intelectual
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Descubriendo la intelectualidad
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Hace 13 horas
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